-¿De verdad encontraron
huesos?- Decía El viejo Luch.
El tenía rizos negros y espesos, parecidos a los de francisco pero en mayor
cantidad.
-Y estaban cubiertos con algo…pareciera que llevaran años ahí, sin embargo
pasamos ayer y no había nada. – dije, tratando de tener sumo cuidado con la
información que le propinaba.
Francisco me reprochaba cada vez que hablaba sin tener todos los fundamentos,
no eran de esos tipos a los que les gustaran demasiado las hipótesis, era más
bien de los que pensaban y con lógica matemática proponían una respuesta
sensata a lo que ocurría.
-Y, cambiando de tema, parece que te está yendo bien en esto de la caza. – Dijo
mi madre, había ignorado por completo la presencia de ella en la mesa.
En la aldea en la que vivíamos, todos comíamos en dos mesas, los Monarche a la
izquierda y los
Venantium en la otra.
Los Monarche éramos la “familia” menos numerosa, la que constaba de hechiceros
en su mayoría, y yo, un defecto de fábrica sin poderes.
Éramos conocidos por nuestros cabellos oscuros como la noche y la piel blanca
como la nieve, además de unos ojos grises.
Los Venantium eran la “familia” ruda, la que salía a cazar, los arqueros, los
que hacían funcionar a la aldea, en general, los líderes.
Nosotros solo éramos el apoyo, nuestras mujeres cocinaban y los hombres hacían
pócimas y se las entregaban a los cazadores en casos de accidentes, si los
picaba una serpiente, si tenían hemorragia y demás.
Lo chistoso era que uno no podía vivir sin el otro, ya que si nosotros
cazábamos podríamos perder bastante poder mágico y nos demoramos más en
recuperar las fuerzas que los Venantium, que trabajan a fuerza bruta pero en
los artes de quehaceres fracasaban, les faltaba paciencia.
Los Venantium al contrario de nosotros, tenían los cabellos de distintos
colores, incluso habían jóvenes de cabellos blancos, su piel era aceitunada,
bueno en realidad variaba bastante de su color de pelo, si eran pelirrojos o
rubios o de cabellos blancos tenían una palidez parecida a la de nosotros, pero
los ojos grises no se hacían notar en esa familia.
Solo habían ojos azules, negros, verdes o de un miel intenso, como los de
Francisco.
María, mi madre, tenía el pelo negro azabache y liso, y al igual que yo, los
ojos azules.
Era un fenómeno que los ojos azules se dieran en nuestra familia, así que yo y
mi madre, siempre llamábamos bastante la atención
-¿Y? ¿Qué cazaron hoy? ¿Le disparaste a algo?- Decía mi madre, poniendo sus
severos ojos zafiro en los míos.
-A un pavo…le di en un ojo.- dije, sin poder levantar la mirada del plato.
-¿Solo a uno?- me escudriñaba con la mirada, como si yo solo fuera una extraña
más en esta mesa.
-Le fue bien para ser su primera vez, yo recuerdo cuando era niño y salía a
cazar, no le había dado a nada y siempre volvía con las manos vacías- dijo
Francisco con voz gélida, había terminado y llevaba su plato a la olla en donde
se lavaban los utensilios.
Mi madre siempre me tiraba para abajo en todo lo que hacía, bueno, que más
podría hacer la alfa con su hija que era la escoria de la tierra por ser una
inútil en todo.
Me odio, me doy asco a mí misma.
¿Por qué la vida fue tan cruel conmigo? No tengo poderes, pienso demasiado
lento, no tengo cualidades de líder.
No sé qué haría sin Francisco, si no fuera por él, nunca me habrían aceptado en
la otra familia.
Hace dos semanas que él me viene preparando para salir a cazar, la caza, está prohibida
para las mujeres, no porque sean frágiles, si no, porque son valiosas.
Los hombres, son entrenados para ser soldados, las mujeres para ser líderes.
Una de cada cien mujeres en la aldea resultaba ser la Oráculo.
En estos 205 años desde que existe esta aldea, hemos tenido a 5 de ellas.
La primera, Ginebra, la segunda, Adela, la tercera, Fárida, la cuarta Catrina y
la quinta, y la que aún sigue viva Medeth.
Todas ellas han sido de Venantium.
-Basta de pensar, y pongamos manos a la
obra.- dijo Francisco, mi corazón dio un vuelco al darme cuenta de que yo había
terminado de comer y estaba llevando el plato con las demás.
Tomó mi brazo y me llevó hacia la parte de atrás de la casa de Luch.
Luch era el armero,
pertenecía a la familia Monarch, rizos negros azabaches y ojos grises.
-Vuelve a tomarte el pelo, me enferma verte con el pelo suelto.- dijo Luch, mirando
más a Francisco que a mí.- deberías cortarlo.
Hice caso y me tome el pelo en una cola.
Tenia el pelo hasta la cintura, así que no había mucha diferencia entre tenerlo
tomado y recogido, quedaba del mismo largo, o al menos eso creía yo.
Luch me arrojó un arco y un carcaj, con suerte pude agarrar el arco y el carcaj
sin caerme.
-Ve más lento, no olvides que es solo una niña.- dijo Francisco, mirándolo
fríamente.
-No soy una niña.- protesté.
-Para mí lo eres, no tienes la
suficiente práctica como para ser considerada una mujer.-
-La parejita, deje de pelear, o van a lograr hacer que mi úlcera explote y todo
les salte en la cara.- dijo Luch.
Ese tipo era más simpático cuando no se trataba de entrenamientos.
Así avanzó la noche, hasta que tocaron las 2 de la mañana y me dejaron irme a
dormir.
-Tu puntería es terrible.- Dijo Francisco,
mientras caminábamos a casa.
-Nada que no se arregle con prácticas.- dije, mirando fijamente el piso rodeado de pasto.
De repente, el se detuvo, mirándome a los ojos, me dijo.
-Tienes que ponerle empeño si no quieres que la reputación de la alfa baje.-
-¿Crees que estoy haciendo esto por ella?
-Estás haciendo esto gracias a mí y a Luch, créeme, Medeth y tu madre te lo
habría negado rotundamente, aunque eso subiera la reputación de la alfa o
demostrara que…- se quedó en silencio, el no sabía cómo decirlo sin que me
“doliera”
-¿Qué no soy inútil?, créeme he tenido tantas veces esta conversación con ella
que creo que lo tengo más claro de el agua, si soy inútil, seré inútil siempre,
no importa lo que haga, no importa cuando pelee por ello, si no le agrado a la
vida, me hundo. Agradezco tener un espíritu de superación, si no, me habría
suicidado hace mucho. -
El se limitó a mirarme, en la noche, sus ojos brillaban más que en día.
-No te pido cerrarle la boca a nadie…Ivy… Si haces esto, hazlo por ti. No hagas
nada estúpido hasta que lo logres.- Al haber terminado esas palabras nos
separamos.
“Pude haberle contestado” me dije cuando llegué a la casa y me di cuenta de que
mi madre seguía despierta, mirando el fuego.
El perfil de ella era de papel, nariz hermosa, respingada y perfecta, y los
ojos azules que al mirar la vida del madero ardiendo se acunaban y reflejaban
luz.